miércoles, 12 de septiembre de 2007

El amor verdadero

Mientras presentaba un estudio bíblico para un grupo de personas, un joven hizo una declaración que me dejó pensativo: “Los adventistas son doctores en teología, pero creo que todavía les falta entender el real sentido del amor.”

Al dirigirme a casa, me acordé de las palabras de otros hermanos (algunos hoy, infelizmente, son ex) que igual alegaban haber falta de amor en la Iglesia.
Inmediatamente fui a la Biblia y leí el “salmo del amor” – 1 Corintios 13 – en busca de una respuesta a la pregunta: ¿Qué amor es este que, dicen, nos falta?

Por enésima vez leí aquellos 13 versículos tan profundos. Con mucho cuidado pues, a veces, corremos el riesgo de pasar por alto conceptos muy importantes por el hecho de ya conocer bastante un texto. Algunas verdades se destacaron de inmediato: (1) en el verso 2 es dicho que, aunque tengamos cualquier don espiritual, mucho conocimiento científico y una fe capaz de mover montañas, sin amor, de nada valen esas virtudes; (2) en el verso 3, Pablo dice que, aunque repartamos todos los bienes que tenemos a los pobres y seamos martirizados, sin amor, todo eso de nada se aprovecha; (3) al final del capítulo, el Apóstol termina diciendo que el amor es mayor que la fe y la esperanza.

Sin embargo, lo que realmente me llamó la atención fueron los versos 4 a 7. Hay muchas semejanzas entre ellos y el fruto del Espíritu de Gálatas 5:22. Veamos:

1 Coríntios 13 – El amor:

es benigno
no hace nada indebido
no busca lo suyo
no se irrita
se goza de la verdad
todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Gálatas 5:22 – El fruto del Espíritu es:

benignidad
dominio propio
bondad
longanimidad / mansedumbre
fidelidad
paz / dominio propio


Tamaña casualidad no puede ser mera semejanza. El propio amor es la virtud que encabeza la lista de Gálatas 5:22. Y si el amor es uno de los “gajos” del fruto del Espíritu Santo, aunque nos esforcemos, jamás podremos fabricarlo. No existen estrategias o métodos que nos hagan sentir amor por los hermanos.

El amor proviene del Espíritu de Dios. Sin comunión con Dios, no obstante, no puede haber amor. Lo correcto no sería decir: “La iglesia precisa de más amor.” Eso, en verdad, es obvio. Nuestra mayor necesidad, sin embargo, es de la presencia del Espíritu Santo en la vida. De nada vale una adoración “animada” por palabras de orden, o ruido; así como de nada vale una simpatía forzada de unos por los otros, a la invitación de “estrechemos la mano a quien está cerca de nosotros”. La alegría de la alabanza y la simpatía entre los hermanos sólo existirán a medida que cada uno busque el Espíritu de Dios.

Muchos abandonan la Iglesia alegando falta de amor por parte de los hermanos. Otros dicen que la Iglesia es muy “estancada”, “desanimada”, “tibia”. ¿No se daría el caso de haber falta del fruto del Espíritu en sus vidas?

Después de mi conversión, hace más de 15 años, percibí que no todo era perfecto (exceptuando las doctrinas) en la Iglesia que yo tanto quería y quiero. Pero percibí, también, que el amor por Cristo y la convicción de la verdad superan cualquier problema. Si amamos a Jesús y estamos convictos de la verdad, nada, ni la alegada falta de amor, puede alejarnos de Su Iglesia (al final, si así lo hacemos, ¿para dónde iremos?).

El amor y la alegría hacen parte del fruto del Espíritu. Precisamos del Espírito Santo habitando el templo de nuestro corazón. Pero, ¿cómo hacer eso? El discípulo del amor nos da la respuesta. En su tercera carta, Juan se refiere a Gayo, ejemplo de fidelidad y amor a los miembros de la Iglesia, un hombre que andaba “en la verdad” (verso 3). Juan menciona también a Demetrio, de cuya vida la propia verdad daba testimonio (verso 12). En una carta que trata de la aplicación práctica del cristianismo en la vida individual, Juan asocia el amor a la verdad.

Eso es evidencia incuestionable de que no puede haber amor en la desobediencia deliberada a los principios bíblicos. Cristo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Mire: amor y obediencia a la verdad, una vez más, de manos dadas. La verdad sin el amor es fría y formal, correcta pero no cautivante. El amor sin la verdad es mal orientado y deshonesto. Por eso, como escribió Elena de White, “el más fuerte argumento en favor del evangelio es un cristiano que sabe amar y es amable” (Ciência do Bom Viver, p. 470)

Obediencia mediante la comunión con Cristo: he aquí el secreto. Manteniendo una relación viva con Jesús, tornándonos participantes de la naturaleza divina (1 Pedro 1:4), lo que nos da la capacidad de sentir un amor puro y desinteresado por otros. “Si la divina armonía de la verdad y el amor imperan en el corazón, resplandecerán en palabras y acciones” (El Hogar Cristiano, p. 426)

“Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida” (1 Juan 1:1). En este texto, el verbo “contemplar” (Theomai) es diferente del verbo “ver” (Horao). Contemplar aquí significa una experiencia arraigada para descubrir algo o alguien. Por lo tanto, precisamos contemplar a Cristo más de lo que hacemos, para que el Espíritu de Dios tome posesión de nuestro corazón y nos transforme la vida. Así, “los pensamientos pecaminosos son puestos a un lado, las malas acciones son abandonadas; el amor, la humildad y la paz, reemplazan a la ira, la envidia y las contenciones. La alegría reemplaza a la tristeza, y el rostro refleja la luz del cielo” (El Deseado de Todas las Gentes, p. 173)

Este es el secreto del verdadero amor.

Michelson Borges

Traducido por Cleber Reis (Uberlândia, Minas Gerais, Brasil) – e-mail: cleber_reis@hotmail.com
Corregido por José Arenas (Puerto Rico) – e-mail: nomeck10@yahoo.com